26 ene. 2009

EL AFRICANO (II)

De los diferentes títulos de J.M.G. Le Clézio que aparecieron con su recién Nobel literario, me llamó la atención un pequeño libro de memorias; “El africano”. Lo inicia de esta manera que fue factor decisivo para mi compra:
“Todo ser humano es el resultado de un padre y una madre. Se puede no reconocerlos, no quererlos, se puede dudar de ellos. Pero están allí, con su cara, sus actitudes, sus modales y sus manías, sus ilusiones, sus esperanzas, la forma de sus manos y de los dedos del pie, el color de sus ojos y de su pelo, su manera de hablar, sus pensamientos, probablemente la edad de su muerte, todo esto ha pasado a nosotros.
Durante mucho tiempo imaginé que mi madre era negra. Me había inventado una historia, un pasado, para huir de la realidad a mi regreso a África, a este país, a esta ciudad donde no conocía a nadie, donde me había convertido en un extranjero. Más tarde descubrí, cuando mi padre, al jubilarse, volvió a vivir con nosotros en Francia, que el africano era él. Fue difícil admitirlo. Debí retroceder, recomenzar, tratar de comprender”.

En El africano, Le Clézio narra sus años de infancia en África occidental, en Nigeria, en una región aislada donde solo vivían nativos y ningún europeo. Instalados en una choza primitiva, donde dormían en hamacas, el niño Le Clezio se enfrenta a seres humanos diferentes a él y un territorio salvaje lleno de sorpresas. La violencia de las sensaciones, la violencia de los apetitos, la violencia de las estaciones. Su primer recuerdo es su cuerpo cubierto de ampollas, la llamada fiebre miliar causada por el calor extremo. Una vida salvaje, libre, casi peligrosa, con una libertad de movimiento, pensamiento y emoción que jamás vuelve a conocer. Recuerda la tierra roja, el sol que agrietaba los caminos, la carrera descalzo por la sabana hasta la fortaleza de las termitas, la subida de la tormenta a la tarde, las noches ruidosas, chillonas, el torpor que seguía a la fiebre, al alba, en el frío que entraba por debajo de la cortina del mosquitero. Pero sobre todo, el recuerdo de su padre, el africano.
El padre era un médico militar que había renunciado a un puesto en Southampton, para prestar sus servicios en Guyana, como especialista en enfermedades tropicales y después en África. Cuando años más tarde se casa, y pasada la guerra, se lleva a la familia al continente africano. Durante sus primeros años el padre se dedica con devoción a la medicina en condiciones muy difíciles, sin grandes instrumentos o antibióticos a su alcance recorre enormes distancias para aliviar los males de los nativos. Lo hace en medio de un paz que se respiraba en el Camerún de aquella época, donde las virtudes de la gente africana se mostraban en todo su esplendor. La guerra sin embargo lo deja marcado, al quedar separado de su familia, quien se encontraba en ese entonces en Francia sin poder ayudarlos. Cuando al terminar la guerra la familia se reúne con el padre, Le Clézio encuentra , a un hombre desgastado, envejecido prematuramente por el clima ecuatorial, irritable y que la soledad lo había amargado por estar separado de su familia. Acostumbrados, él y su hermano a la educación suave de la abuela y la madre en el continente europeo, la llegada a África los enfrenta duramente con su padre. Aprenden de ese desconocido que podía ser temible, autoritario, inflexible, golpearlos con varas en las piernas, la intolerancia y las innumerables manías africanas que había adoptado. En la lejanía de la memoria, Le Clézio trata de recordar como pudo haber sido para un niño de ocho años, que había crecido en el encierro de la guerra ir a la otra punta del mundo para encontrar a un desconocido que le presentaban como padre. En lugar de un padre amoroso, que les contara sus andanzas iniciales, que los llevara a pescar, que les enseñara las cosas básicas de la vida, se enfrentaran en una guerra solapada inspirada en el castigo y los golpes. En este libro recuerda la ausencia de la dulzura en el hogar familiar, algo que le fue quitado, pero a cambio recibió de África una libertad tan intensa que quemaba y lo embriagaba hasta el dolor. Es la memoria de esos años, compartida con los buenos y malos momentos, del padre africano, pero de la madre africana también.

2 comentarios:

  1. No tengo este libro, pero desde luego, con el párrafo que citas y lo que cuentas de él, creo que me lo compraré muy pronto.
    Un saludo.

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  2. Muy interesante sin duda alguna. Para ir conociendo, en mi caso, a este autor. Saludos

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